martes, 19 de mayo de 2015

«Con mi hija, la integración en la escuela ha sido una mentira»

Inma con su hermano Tomás, su padre Juan Andrés y su madre Belén, en su vivienda de Gévora.
Inma con su hermano Tomás, su padre Juan Andrés y su madre Belén, en su vivienda de Gévora. / ARNELAS
  • Belén Mulero lleva diez años batallando contra el sistema educativo; su último logro ha sido que su hija viajara con sus compañeros a Disney

«Fue la psicóloga de la guardería la que me lo dijo por primera vez: no sé si tu hija es superdotada o tiene autismo; cualquiera de las dos cosas en esta sociedad son un problema».
En ese momento arrancó la particular lucha de Belén Mulero Carvajal, pacense de 40 años, contra la exclusión social. Hoy sigue en ella, porque aunque ha tirado la toalla mil veces..., la ha vuelto siempre a coger.
Afirma que su experiencia en el sistema educativo ha sido negativa y que en el caso de su hija, no se ha trabajado por su integración. Sin embargo, desde el otro lado, la Consejería de Educación, manifiesta lo contrario.
Inma, su hija, tenía dos años cuando ella recibió esta noticia. «La niña había llevado hasta entonces un desarrollo normal, pero en la guardería se dieron cuenta que no jugaba con otros niños, que no se relacionaba y que prefería hacer puzzles que no debería poder hacer por su edad».
Cuando Inma tenía tres años los neurólogos confirmaron el diagnóstico que ya había dado la Asociación de Padres de Niños Autistas de Badajoz (Apnaba). «Es una niña que tiene autismo, aunque en un nivel bajo, nos aseguraron todos, y yo y mi marido nos negamos a creerlo», reconoce Belén. Optaron por dejar a Inma en la guardería hasta los seis años. «Los tumultos la ponían nerviosa y entendimos que estaba más tranquila en la guardería, en un entorno que ya le resultaba familiar».
Con el inicio de la etapa escolar llegaron los problemas para Inma y su familia. «La matriculé en un centro de Primaria para que cursara toda esta etapa, hasta los 12 años; en un colegio que disponía de un aula específica destinada a niños con discapacidades». Al poco tiempo, fueron los propios responsables de ese aula los que pidieron que Inma pasara a una clase normal: «Porque no sabemos cómo, pero mi hija llegó al colegio sabiendo leer y por eso era posible que estuviera en un aula normal..., y la cambiaron».
Antes de Navidad los padres de sus compañeros de clase habían recogido firmas para pedir que pasaran a la niña a otra clase. «No la querían con sus hijos, consideraban que era un peligro..., pero logré que mi hija terminara el curso allí y al año siguiente la cambié de colegio».
No fue la única decisión que ese año, cuando Inma iba a cursar con siete años segundo de Primaria, tomó Belén. También decidió dejar de trabajar, abandonar un sueldo mensual cercano a los 3.000 euros, y quedarse con su hija. «Iba al colegio y yo me sentaba cada tarde con ella, a hacer los deberes, a enseñarla a estudiar, a organizar su tiempo». Y así fue superando cada curso de Primaria sin ningún problema académico. «Su nota más baja en todos esos años fue un bien en gimnasia».
Pero la niña y su familia sintieron el rechazo de sus compañeros y sus familias en cada uno de esos cursos. «Mi hija no tenía amigos, ni compañeros con los que jugar en el recreo, ni la invitaban a los cumpleaños... Del mismo modo que mi marido y yo nos quedamos sin amigos, sin relaciones sociales».
Las burlas de los demás
En cuarto de Primaria Belén propuso celebrar una fiesta de fin de curso en su casa. Vive en el campo, a las afueras de Gévora (Badajoz). «El mismo día en que esperábamos la llegada de compañeros y padres me llamaron para decirme que habían cambiado de opinión». Si la relación con ellos no era buena hasta entonces, a partir de ese momento dejó de existir.
«Quinto y sexto fueron un auténtico calvario. En la clase se empiezan a reír de ella, a tirarle del pelo, a dejarla medio desnuda en el patio...». Belén logró que expulsaran del centro unos días a quienes provocaron estas situaciones, a la vez que en casa trataba de calmar a su hija, de infundirle confianza, de mantener su concentración y el interés por aprender... Y juntas consiguieron terminar Primaria.
A los 12 años matriculó a la niña en el instituto. «Primero de la ESO fue perfecto, el mejor año sin duda; simplemente porque tuvo una tutora que se ocupó de ella». Belén afirma que su hija solo necesitaba que los profesores se encargaran de que estuviera atenta en el aula lo máximo posible y de que no olvidara apuntar en la agenda los deberes y las fechas de los exámenes. Porque en casa era ella la que se ocupaba de que su hija siguiera el ritmo de aprendizaje de los demás. «También les pedí que evitaran las burlas, porque simplemente no te parece que sean cosas de chiquillos cuando dejan a tu hija medio desnuda en el patio del centro para que sea el hazmerreír de todos».
Inma fue la mejor de su clase en primero de ESO. Todo cambió cuando regresó en septiembre al centro. «La revolución hormonal que cualquier niña pasa a esa edad yo la sentí y mucho en mi hija; estaba muy nerviosa y lo comuniqué al centro para que me llamaran si notaban cualquier cosa rara».
Esa llamada nunca se produjo, aunque la repitió muchas veces, siempre según su versión. «Yo la veía cada vez más nerviosa, tanto que una vez me dio un bofetón tremendo, algo que jamás había hecho, pero en el centro me decían que estaba perfectamente». Tras la primera evaluación, llegaron los suspensos. «Ya no llamé, fui directamente al centro, y me dicen que la niña no lleva las tareas, que deja los exámenes en blanco... Y, claro, yo les digo que cómo no me han avisado a pesar de haberlo pedido no sé cuántas veces».
Esas Navidades fueron horribles en casa de Belén, porque su hija seguía nerviosa y agresiva. Y así regresó al centro docente, donde siguieron los problemas. «Mi hija no quería ir, yo la obligué y la situación empeoró cuando le tiró los libros a una profesora». Inma estuvo una semana en casa, expulsada, pero pudo contar finalmente qué le estaba ocurriendo. «Pedía ir al baño y se pasaba la clase allí encerrada, porque sus compañeros de nuevo, otra vez más, se burlaban, le tiraban gusanitos al suelo para que se los comiera, le tiraban del pelo... La niña no quería volver al centro». Belén pidió un acompañante para su hija. «Me lo denegaron, planteé que fuera solo a hacer los exámenes y tampoco; al final acordamos que estuviera tres horas en el centro y tres en casa... Y superó el curso, otro más».
Tercero y cuarto de ESO, en un nuevo centro, fueron más de lo mismo. «Porque ninguno es partidario de la integración, porque todo es una mentira; el sistema educativo no es más que una muestra de lo que es la sociedad, en la que rechazamos a todos los que no son como nosotros, a los que son diferentes, a aquellos a los que simplemente necesitan que se les eche una mano».
Belén ha llorado, ha pataleado, ha pasado por crisis de ansiedad y depresiones, ha decidido muchas veces no seguir, dejar a su hija en casa... Y descansar.
«Hay gente que se conforma, pero yo me he negado siempre... Desde el día que en primero de Primaria me dijeron que mi hija no necesitaba que le comprara los libros hasta hoy». Reconoce que lo más fácil es conformarse. «Pero yo me niego a creer eso que dicen muchos padres, que ya saben que sus hijos no van a conseguir nada en la vida. ¿Cómo es posible escuchar algo así?Me rebelo. Mi filosofía es que el cerebro es un músculo y hay que ejercitarlo, que si no lo usas se atrofia y que si lo haces no sabes hasta dónde puede llegar, que merece la pena explotarlo, que como padres tenemos la obligación de hacerlo».
Tercero y cuarto de la ESO fueron más de lo mismo para Inma y su familia. «Pero ya no cambié más de centro, seguí estudiando con mi hija, denunciando el acoso escolar que seguía sufriendo Inma... Logramos pasar los dos cursos y que mi hija sacara su título con una nota de ocho».
Inma, con su padre Juan Andrés, durante su viaje de fin de curso a París.
Inma, con su padre Juan Andrés, durante su viaje de fin de curso a París.
Este curso, con 16 años, ha empezado un ciclo de grado medio de Gestión Administrativa en otro centro docente. Y la lucha de Belén también ha seguido aquí. Aunque esta vez ha contado con el respaldo de la Asociación Nacional contra el Acoso Escolar. Así ha logrado que Inma pudiera participar, junto con el resto de sus compañeros, en el viaje de fin de curso que realizaron antes de Semana Santa. Con destino a Disneyland París. «Encarna García es la presidenta de la asociación y ha conseguido que la delegada de Educación en Badajoz llamara a la dirección del centro para decir que el viaje se hacía con mi hija o no se hacía».
Inma ha disfrutado de lo lindo en París.Lo ha podido hacer, finalmente, porque su padre la ha acompañado en el viaje. Y juntos han vivido una experiencia única y especial. «Mi marido dice que allí simplemente no la reconocía, que estaba feliz, porque ha sido una más, que al final es lo que necesita todo el mundo».
Cuando Belén e Inma acudieron a hacer la matrícula en el ciclo de Gestión Administrativa un docente les habló del viaje de fin de curso. Inma preguntó enseguida si ella podía ir y la respuesta fue que sí. «En octubre pidieron el dinero para el viaje, mi hija lo llevó pero no se lo cogieron».
Belén fue al centro y habló con los responsables de la organización. Le dijeron que su hija no podía ir, porque nadie se podía ocupar de ella. «Las redes sociales me ayudaron a buscar apoyos, porque hay otros más como yo... Y llegó Encarna García, que movió cielo y tierra, y mi hija fue al viaje; eso sí, como no había nadie dispuesto a estar un poco pendiente de Inma, ha ido mi marido, pero mi hija ya sabe lo que es un viaje de fin de curso».
La ayuda de la Consejería
Afirma que Disney ha sido solo otra batalla más y que aún le quedarán posiblemente otras muchas por librar. Pero asegura que mientras tenga fuerzas, ella las librará con y por Inma. «Mi hija tiene autismo sí, pero este no es el problema, sino el que los demás no la aceptan como es. Solo necesita que alguien la lleve algunas veces de la mano, ¿tan difícil es esto, tan complicado para sus compañeros, para sus familias, para los profesores...?».
Belén seguirá luchando por que esa mano se le tienda a su hija y aquellos otros que la necesitan. «Porque si de verdad se quisiera su integración en la escuela no estarían en aulas apartadas y muchos más podrían salir hacia adelante, porque en muchos casos no tienen problemas de aprendizaje, sino de relaciones sociales».
La Consejería de Educación asegura que tanto Inma como su familia han sido atendidas por la Unidad de Programas Educativos (UPE) de la Delegación Provincial de Badajoz, ofreciéndole alternativas educativas que favoreciesen su integración. «De hecho, tras su paso por el IESO Colonos de Gévora, se le propuso el cambio de centro al colegio Santa Teresa de Badajoz, que cuenta con un aula de secundaria especializada en alumnado con trastorno del espectro autista y personal especializado para ello».
Afirma, además, que una vez finalizado cuarto de Secundaria, la familia volvió a contactar con la UPE para que le aconsejara sobre las distintas opciones y optaron por que se matriculara en primero de Formación Profesional de Grado Medio –Gestión Administrativa– en el colegio Santa Madre Sacramento.
Más allá del caso de Inma, la Consejería garantiza que Extremadura asume la realidad de todos sus alumnos y que, por ello, la Administración educativa asume el compromiso de proporcionar respuestas diferenciadas y adaptadas a las necesidades de cada alumno.

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